Aniversario de la Bendición de la imagen del Santo Entierro

01/04/2019

El acto tuvo lugar el 1 de abril del año 2000, por el sacerdote cofrade Antonio Jesús Carrasco Bootello.

Mientras la ardiente esfera dominaba aún sobre nosotros y no había cedido su postura al espectacular astro lunar, la santa iglesia parroquial de nuestro pueblo malacitano, sería el firme testigo de lo que, en esa tarde de cuaresma, se firmaría con letras doradas en la bien lograda historia de la Ilustre Archicofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno.

Ni tan siquiera transcurrieron unos días, cuando despedíamos el cuerpo inerte de nuestro ejemplar archicofrade Antonio Lobato Salas, que entregaba su alma a Dios.

Misteriosa o casualmente el punto de ubicación fue el mismo, incluyendo la colocación. La portentosa efigie del yacente asombraba al que no lo contemplaba desde su marco y posición, el cirio que ilumina como señal de vida añadía su rasgo peculiar de misticismo.

Miradas, cientos de miradas se relacionaban delante del altar, la perspectiva de cada uno dictaba sentencia de lo que estaba observando. Mientras todo se iba entornando el Cristo dormía, rodeado de fieles que velaban su cuerpo. Su autor también se hallaba presente, aquel que tantas horas dedicó al Maestro, el que en el lenguaje poético se “comunicó” con Dios para preguntarle; ¿qué te falta?, dímelo y yo te lo daré, ¡háblame!.

La figura de Cristo, aquella que vimos nacer de la tosca y perfumada madera, y que con tal precisión esculpió el imaginero hispalense yacía allí, con la ansiosa espera de recibir el agua bendita que resbalaría por su sangrienta y dolorida piel.

Gota a gota, el agua profundiza hasta lo más hondo para dar facultad a este hombre sin vida, y que posteriormente será trasladado por el pasillo central del templo a hombros de los hermanos y directivos de la Archicofradía, dispuesto hacia su lugar de culto definitivo.

San Francisco de Asís presidirá junto a una portentosa cruz la hornacina del Santo Yacente, la talla que esculpiese el malagueño Adrián Risueño en la década de los cuarenta será, hoy y mañana, la imagen que acompañará al Mesías y dará  culto a su sepulcro.

No cabe un solo abismo de duda, la elección de las madrinas del Cristo estaban más que escogidas para la ocasión. Madres tan hospitalarias, mujeres que han puesto toda su vida hacia un fin humanitario; la ayuda al prójimo, al necesitado, fortalecer al débil y abastecer al hambriento, ellas, las monjas de la Srta. Laura, como cariñosamente las conocemos todos, esas buenas mujeres que pasan desapercibidas, pero su labor y sacrificio son reconocidos por todos.

Ellas quedaron con un recuerdo de nuestra Hermandad, el discreto pergamino que será la voz silenciosa de este hermoso sueño, en él se cita el evento y guarda en nuestra memoria aquella tarde tan entrañable.

Si las madrinas fueron la congregación de las Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno, el padrino será…

“El antepasado de la nueva imagen”.

El Santísimo Cristo de los Estudiantes, que presidiera entonces el altar mayor de la casa de Dios.

Indudablemente y tras haber sido durante los cincuenta y tres años de su existencia el momento iconográfico del Santo Entierro, el Santísimo Cristo Crucificado delegó su salida procesional del Viernes Santo a la obra del escultor Ángel Ortega León.

Ildefonso Mayorga, Teniente de Hermano Mayor, perteneció en los años setenta a la generación que convirtió al Crucificado en “los estudiantes”, por ello, y en representación de todos, será fiel testigo de la ofrenda que la Archicofradía le hace en tan memorable día.

Aquella corona recubierta de punzantes espinas que se extrajo de las sienes del Cristo Crucificado, la recibe este hermano como muestra de buen archicofrade.

Si ya todo ha compenetrado y es casi perfecto, el broche final fue la solemne bendición de la imagen por el entonces diácono Antonio Jesús Carrasco Bootello.

El Cristo se bendice para pronto ser procesionado y admirar las calles y rincones de este histórico pueblo. Los sentimientos se funden y los deseos se han cumplido. Aquellas manos de artista que una calurosa tarde de verano comenzaron a dar forma y vida a esta imponente imagen se alejan silenciosas, se retiran con un profundo suspiro para dar el descanso eterno al Hijo de Dios, a Jesús el Nazareno.

Enhorabuena a todos, hermanos de la Archicofradía y vecinos de Álora, hagamos entre todos una Semana Mayor digna para este pueblo, porque aquí se siente la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

Aprendamos a ser más humanos, verdaderos cristianos, y sobre todo a valorarnos los unos a los otros día a día.

 

Juan José Hidalgo Carrasco

Articulo de la revista año 2001

Fotografia: Pedro Pérez

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