Efemérides.- Encargo de la Imagen del Santo Entierro de Luis Ángel Ortega León

13/08/2019

A tempranas horas del 13 de agosto del ya histórico 1999, la Archicofradía da, una vez más, muestras de su ímpetu e inagotable labor, que día a día, ha ido resurgiendo del trabajo de un grupo de hermanos, con el mero propósito de ver incrementado el patrimonio de nuestra Hermandad. Esta vez, el destino nos lleva hasta tierras onubenses, allá donde el mar es un monótono acompasar de vaivenes y el combinado de los colores cálidos y fríos juegan un hermoso papel en este paisaje marismeño.

Casi sin darnos cuenta del entorno que nos rodea, nos adentramos en Santa Olalla del Cala, un pequeño pueblo de no más de 2.500 habitantes y en el que se respira ya la fuerza del barro modelado por el maestro Luis Ángel Ortega León.

El taller del imaginero es el Sepulcro de nuestro Cristo, ya se descubre, envuelto en sábanas blancas impresas en color tierra. Sin vida y con la fuerza de una persona joven aparece el Hijo de Dios, desnudo, tan solo un paño de pureza arrugado le cubre no más de medio cuerpo. En silencio apreciamos la obra, percibimos la crueldad de la Cruz, el brazo derecho se muestra desencajado por el hombro y la caída de la mano lo hace aún más impactante.

El rostro es vivo testigo del pasado de Ortega Bru, la perfecta conjunción de unos labios nos lleva a la boca, en la boca está la palabra y la palabra es la vida. Los ojos son la pura expresión, aunque en ellos ya no hay movimiento, todo está quieto. El rizado del cabello reposa inmóvil en el lúgubre catafalco combinando con gruesos mechones el dinamismo de la cabeza.

Ahora tan solo nos queda recorrer con la mirada la espléndida anatomía que solo un artista sabe captar en una obra de arte. Manos y pies, cárdenas de venas y de tendones atirantados, todo es real. En el tronco se perciben las diversas musculaciones y la contracción del cuerpo sufrido por una muerte agonizada.

En el momento en el que el imaginero tuvo que someterse al difícil reto de conseguir humanizar al hombre, al Cristo, y obtenerlo de una materia prima como sería la madera, encaminó un proceso de ejecución que le llevó varios meses de laborioso estudio.

Por la sangre de Luis corrió el arte de su padre, que a pesar de no estar en vida con él, su fuerza y espíritu trabajaban constante dándole a su progenitor un nuevo renacer, pues según sus palabras: » yo mismo volveré si no hubiese nadie capaz de hacer estas obras porque yo he existido, existo y existiré…».

En la mente del artista se fijó la primera idea plástica, estudiando y contrastando las diversas fuentes que aportarían los datos necesarios para la configuración de la Imagen, posteriormente la idea previa se presentó en húmedo barro a tamaño real dejando relucir cualquier detalle de interés.

En el casco antiguo de Sevilla, tierra mariana y cuna de grandes artistas, se ubica su taller, donde se pasó a trabajar la talla de la Imagen, olores de cedro y ciprés aromatizaban el estudio, las lajas de maderas se despedían de yerto tronco como suspiros de pasión, en las antiguas estanterías las madonnas parecían contemplar mudas el milagro y el golpe compactado del mazo con la gubia originaban la reiterativa armonía del estudio-taller.

Cedro, madera de la cual parten la mayoría de los maestros se ensamblaron al unisono dando forma al cuerpo yacente y mediante el conocido «sacado de puntos» se labró la imagen.

Una vez realizada tal labor partiendo del vaciado que se hizo al modelo de barro, para que posteriormente se aplicase la fase de desbaste y emplear las diversas gubias, existiendo estas en gran variedad y con numerosas angulaciones.

Cuando el imaginero se sometió a la labor de las gubias de aproximación, escofinas y raspines se analizó si la superficie sobre la que se trabajaría terminaría policromada o por el contrario convenía que el corte producido por el metal se dejase ver.

Así, de la imaginación todo pasó a las manos y se transformó en escultura, el tono rojizo de la madera pronto será vestido con la policromía.

A partir de ahora descubriremos el proceso que revelará la apariencia definitiva de la obra; este proceso ocultará la madera pero siempre con el fin de potenciar las calidades de la obra y no perjudicarla.

Se dispuso la madera eliminando en primer lugar el repelo, se curan los nudos y posibles grietas para a continuación aplicar una mano de agua y cola sobre el soporte que se trabaja. Así la madera estará dispuesta para entrar en el proceso de imprimación, base que la prepara para recibir la encarnadura. Está formada básicamente por tonos bases como son las tierras con un añadido de componente blanco muy importante, además de rojo, tierra sombra, sienas tostadas, ocre amarillo claro y oscuro rojo de cadmio, azul ultramar y azul cobalto, una gama muy alta de tonos en óleos o temple de huevo, consiguiendo con estas tonalidades las diferentes texturas, llegando a dar lugar a sombras luces, frescores y veladuras. Ya con el óleo, se policroma la escultura y con piel de mamífero, normalmente tripa, que humedecida en agua y al pasar por la superficie aceitosa provoca una emulsión artificial, eliminando la posible huella de pincel.

Apenas está todo terminado, ahora será la pátina la que finalice este largo y trabajado proceso de cómo se hace una imagen. La pátina es la que oscurece la policromía siendo además uno de los secretos mejor guardados por los maestros. Esto nos referencia al siglo XIX dando el intencionado de imitar las calidades policromas de las imágenes antiguas. Serán tierras y óleos acordes con betún de Judea, temperas, temple de cola y nogalinas.

Ahora si, no hay un solo abismo de duda, si Luis Ortega Bru hizo su propio lenguaje escultórico, su hijo Luis Ángel lo reafirma, la plástica barroca se muestra ante el que lo percibe, el fiel, el devoto o el simple curioso que se acerca a Cristo para ver su dolor, su pasión y en este caso su muerte en una divina creación que se hizo real, y será por los siglos de los siglos, el Alma de Dios.

ALMA DE DIOS EL SUEÑO DE LA NUEVA IMAGEN DEL SANTO ENTIERRO ES YA UNA REALIDAD GRACIAS AL IMAGINERO LUIS ÁNGEL ORTEGA LEÓN

Juan José Hidalgo Carrasco

LUIS ÁNGEL ORTEGA LEÓN

El compromiso telefónico de Angel Ortega de que para darnos presupuesto ponía como condición de que viéramos la imagen en barro y a tamaño natural a expensas de que no gustara y tan amigos, fue el primer indicio que nos inclinó por la posibilidad de que este sevillano de casi 47 años, fuera el encargad0 de hacer nuestro Cristo nuevo, el Santo Entierro como tradicionalmente calificamos a esta sección. Sus inicios en la imaginería se remontan a los dieciséis años cuando ingresa en el taller de su padre, al que considera como su único maestro. En 1973 inicia una andadura profesional totalmente distinta: el mundo de la educación.

Marcha a Madrid donde imparte y asiste a cultos monográficos de escultura para cultivar la que es  su vocación por genes, la cual retoma de nuevo en 1983 cuando vuelve a la ciudad del Guadalquivir, compartiendo con su padre los últimos años de profesión y participando muy activamente en el antiguo taller de calle Castellar.

Podemos considerar primera gran obra de Luis Angel el grupo escultórico del Misterio del Descendimiento, de Málaga (1983/85), que acompañan al magnífico Cristo obra de su padre. En el campo de la restauración contrata con la Hermandad de Montesión, de Sevilla (1986/87), el modelado y reemplazamiento del cuerpo del ángel de la Oración del Huerto, asimismo realiza doce cartelas en alto relieve para la Hermandad del Prendimiento, de Almería (1988/89). En obras como la Virgen con niño para la Parroquia de Pino Montano de Sevilla, se observan una estilización de formas, no perdiendo nunca la referencia del estilo paterno.

Estas variantes se deben sobre todo a la intención del artista de no limitarse a un solo campo, ya que ha hecho incursiones en el mundo de la talla colaborando con Antonio Sánchez y en el de la pintura trabajando con Ángel Aragonés y Rafael Villanueva. Su estilo se asemeja especialmente al mundo del Renacimiento y Barroco italianos, concediendo especialmente a las obras renacentistas una especial importancia. En ello de alguna forma sigue el estilo del espíritu paterno, que encontraba en las obras de Miguel Ángel un fuerte punto de partida. Igualmente Ortega León bebe en las fuentes paternas y da una profunda vivencia religiosa a sus creaciones, lejana de todo cinismo o dulcificación de la realidad y muy cercana a la vida cotidiana. Para él, el diálogo entre el sentimiento religioso y formas artísticas no se circunscribe a la obra de tema religioso en sí, sino que por el contrario se extiende a toda obra de
arte.

En 1991, motivos personales obligan a un segundo parón en la carrera de Ortega León como imaginero, reiniciada en 1999 con nuestro Cristo. Este intervalo le ha aportado enriquecedoras experiencias en el ámbito personal que han fomentado sus continuas inquietudes sociales, implantando y dirigiendo como gerente una asociación de rehabilitación de parapléjicos. En la actualidad es presidente de la asociación de padres de afectados con secuelas cerebrales y traumatismos craneales de Sevilla.

 

Fuente bibliográfica: María Dolores Díaz Vaquero «Imagineros Andaluces Contemporáneos» 

Compartir

Nuestras Redes Sociales

Patrocinadores