Efemérides.- Fallecimiento de Adriana Morales Hidalgo

27/08/2020

Nunca cuerpo tan leve, ha dejado huellas tan profundas. Nunca pecho tan estrecho, ha contenido corazón tan grande. Me refiero a nuestra hermana cofrade Adriana Morales, fallecida a los 105 años el domingo 8 de febrero del pasado año, la cual donó a la Archicofradía de nuestro Padre Jesús un Lignum Crucis, con certificado de autenticidad de Roma y que acompaña a la Sagrada Imagen en el trono.

Con su longevidad, enterró, como familiarmente se dice, a todos sus hermanos, primos y familiares allegados. Hasta enterró a su pueblo natal, Peñarrubia desaparecido bajo las aguas del pantano- en donde nació el 17 de diciembre de 1903. Era hija de Don Emilio Morales Morales, que ejercía en dicha Villa la carrera de medicina y de Doña Adriana Morales Hidalgo de Aracena, ambos nacidos en Alora de viejas familias perotas.

De prodigiosa memoria, era un archivo Viviente de genealogía, se sabía el número de hermanos, sus nombres, fecha de nacimientos, además de las anécdotas que le ocurrieron a cada uno de sus tíos, abuelos, bisabuelos, primos, primos segundos, como por ejemplo el caso de mi padre y tíos, que eran primos segundos de ella. Un portento.

Yo la escuchaba embelesado, me contaba historias, hechos y ocurrencias de toda la familia, pero jamás contó los trapos sucios, no sólo de la parentela, sino de nadie. Era una gran señora de los pies a la cabeza, de ironía fina pero no hiriente. Recordaba su infancia en Peñarrubia, a su padrino de pila apedillado Fontalba (no recuerdo el nombre de pila) que era el más rico de la comarca y tan gordo que tenía reforzada la cama.

Siendo por parte de padre sobrina de un Gobernador y por parte de madre sobrina nieta del poderoso canónigo Morales y descendiente de la histórica familia Hidalgo de Aracena-Torremocha, nunca presumió de ello y si comentó algo de esto fue porque se lo preguntaron. Adriana, vivió poco tiempo en su Villa natal, su padre, médico del ferro carril tuvo traslados a Pizarra y a nuestra ciudad. Pero ella desde muy jovencita, residió en Alota cuidando a unos tíos solteros, de delicada salud. Uno de ellos enfermo de cáncer, al que cuidaba y curaba con esmero y sobre todo con amor desinteresado. Crió a los hijos de su prima Frasquita Hidalgo, Diego el que luego fuera Magistrado del Tribunal Supremo y el popular Pepe Rosas, que la querían como a una madre. Sus tíos le dejaron fincas rústicas y urbanas que fue vendiendo para sacar a su madre y hermanos adelante en los difíciles años de la postguerra. Sin la menor protesta sin comentarios, y sin alharacas de vanidad.

De su estancia en Alora guardó amistades ricas y pobres, de las cuales retenía en su memoria los nombres, parentelas y sucedidos. Cumplidos los cien años, todavía escuchaba la misa entera de rodillas, mas no era beata de suspiros, golpes de pecho y de asustarse de conversaciones picantes Era natural, simpática y ocurrente.

Vivió, más bien padeció, nuestra malhadada guerra civil. En ella le sucedió a Adriana, dos anécdotas, que la retratan perfectamente, sobrando todos los calificativos y opiniones sobre ella. Para nuestra biografiada el amor al prójimo era primordial, era la herencia que nos dejó Jesús en su Ultima Cena: Amaos los unos a los otros como yo os he amado. Adriana lo predicaba no con la boca, sino con los hechos.

Las anécdotas que narran describen perfectamente su personalidad. En 1936 detuvieron los republicanos a mi padre, lo encarcelaron en Álora y más tarde lo trasladaron a Málaga, en donde se realizaban sacas a diario para fusilamientos. Mi madre, visitaba con súplicas y lágrimas, al Cónsul de Argentina, en donde había nacido. Más sin dinero, que era lo que se necesitaba, logró al fin que el diplomático se apiadara y lo librara, mandandonos a toda la familia en un barco alemán a Italia. Adriana y sus hermanos fueron al puerto a despedirnos, jugándose la vida, pues ser amigo de políticos desafectos era un imperdonable delito ya que eran tiempos de terror y de barbarie, ejecutaban en la misma vía pública. De hecho, en aquella ocasión desembarcaron del bote alemán que trasladaba a los refugiados al barco a un señor apellidado Cabrera que había sido Gobernador Civil y lo fusilaron delante de todos los presentes. Cuando el buque zarpó, los milicianos detuvieron a la familia Morales y la llevaron a la Comandancia. A Dios gracias sus hermanos eran empleados de las oficinas del ferrocarril y estaban bien vistos y apreciados por sus compañeros, así que el Sindicato de Ferroviarios lo avalaron y quedaron libres.

Tuvieron gran mérito en su bella acción, puesto que, en aquella época, ni por un hermano se exponía nadie a tal peligro y mi padre sólo era primo segundo de ellos, aunque nos querían mucho sobre todo a mi madre. Esto como me lo contaba así lo cuento puesto que, en alta mar, camino del exilio, cumplí los tres años.

La otra anécdota que honra su memoria, ocurrió recién entrada las tropas rebeldes en Málaga. Se presentó en su domicilio, entonces en el Llano del Mariscal (Goleta) una pobre mujer perseguida enconadamente, que había servido en casa de ella. Era una temeridad y más, recién tomada Málaga, de amparar a un fugitivo, acusado y buscado, pues las represalias eran muy duras, ya que eran tiempos en que la venganza cegaba a la justicia y en la que pagaban justos por pecadores. Más ellos, cristianos convencidos y practicantes en todos veían al prójimo, todavía más en los más infelices y desgraciados. Así que la escondieron tras una cortina, cuando llegaron los persecutores, registraron el piso, no mirando tras la cortina, o no queriendo mirar, ya que entre ellos iba un familiar que le dijo a su madre: Bueno tita, si tú dices que no la has visto, así sera. Se sabían vigilados y la pobre mujer no salía de la casa, pero al cabo de dos días, la asilada tomó la decisión de evadirse de noche y no comprometer más a la familia que la acogió. Se fue a casa de un hermano con tan mala fortuna que fue encontrada por sus perseguidores que la detuvieron y a los pocos días la fusilaron.

Sus tíos eran muy amigos de los hermanos Casermeiro Aurioles, Canónigos ambos de la Catedral Metropolitana de Granada, los cuales le consiguieron en Roma a sus referidos tíos un Lignum Crucis con certificado de autenticidad. Lo heredó nuestra cofrade Adriana y tuvo a bien de donárselo a Nuestro Padre Jesús, que lleva tan santa reliquia incorporada a su trono. Fue un acto imborrable que vivimos en primera persona el veintiocho de marzo de 1993.

Querida de verdad, no sólo por sus sobrinos canales sino por sus sobrinos más lejanos, prueba de ello fue el cuidado que tuvo de todo ellos. Durante los últimos años de su vida que estuvo postrada en la cama la visitaban a diario, distinguiéndose su querida Isabelita, hija de su primo Antonio Trujillo. En estos últimos años estaba en coma intermitente, había que darle a mano el alimento. Tenía momentos lúcidos en los que si se encontraba a mi esposa le preguntaba por Regino y si a mi hermana Elvira le tocaba venir esa semana. Todos los decían Nana, quizás yo era el único que le decía tita Adriana.

Entregó su alma a Dios el 8 de febrero del 2009. Ya estás con Nuestro Padre en la Gloria y él te bajará todos los Jueves Santos para que portes el LIGNUM CRUCIS en el trono, pero tú tan modesta, tan enemiga de la ostentación y de figurar, como humilde violeta, que eres, te esconderás entre los claveles que adoran la peana de Nuestro Padre Jesús.

Regino Antonio Bootello Miralles

Revista Nazareno de las Torres, año 2010

Compartir

Nuestras Redes Sociales

Patrocinadores