Efemérides.- Fallecimiento de Juan Calderón Rengel.

02/09/2020

Personajes como Tomás Alba Edisson, que fueron niños prodigio y de hombres siguieron siendo unos genios, fueron y seguirán siendo muy pocos, entre estos pocos se encontró don Juan Calderón Rengel. De ello se dio cuenta su maestro don José María Muriel, que lo recibió en su escuela a los siete años, ya huérfano de padre.

Pretendo dedicarle estas líneas que forzosamente han de resultar pobres, más bien paupérrimas, pues sus meritos fueron tantos, que es casi imposible abarcar su biografía ya que me encuentro como un niño goloso en una confitería, ante un inmenso surtido de pasteles, todos exquisitos y no sabe como empezar. Pero mi intención es homenajearlo no con una biografía, muy socorrida por cierto, eso lo dejo para un cronista, procuraré hacer un panegirico de su vida y lo mejor es dar a conocer trozos de su ingente obra literaria, tanto de sus artículos, como de sus versos, ya que como diría un castizo de Alora: “le metía mano a tó”, pues no solo salían de su mente versos y prosas, también recitaba con arte delicioso, incluso, como buen rapsoda, disfrutaba de un fino oído y cantaba en medio de sus recitales todos los palos del flamenco.

Mis primeros conocimientos de don Juan fueron en Granada, a donde fue destinado, ya casado y con hijos. Mis padres y todo el que le conocía, lo elogiaban sobremanera, pues se puso a terminar el bachiller, a la par de su trabajo y el ajetreo de su familia, ya numerosa. Cierto día, deleito a mis padres recitándoles, creo recordar, “La Pedrada” de Gabriel y Galán. A mi padre y a muchos le oí decir que no le tenía nada que env. al mismísimo González Marín.

Volvió a su querido pueblo de maestro, ya con universitarios. Aquel hombre de voluntad de hier capacidad de oro, se puso a estudiar por libre la carrera de Derecho, la que terminó brillantemente y ejerció en nuestra ciudad. Sacaba tiempo para colaborar en periódicos como «Sur”, “ABC” y otros. Ya escribió siendo un adolescente en «La Unión Mercantil” a primeros de los años treinta. En Diario Sur dejo huella como Agustín Souvirón ó como la que dejará Manuel Alcántara.

Siempre actuaba en los teatros que se hacían en nuestro pueblo por Navidad, en beneficio de los pobres, ante la admiración y entusiasmo de sus paisanos. Tuvo tres amores principales: Nuestro Padre Jesús, Nuestra Patrona y a su Alora.

Colaboró con la primera revista de Jesús o boletín de las Nuevas Generaciones, dedicando al Señor muchos versos entre los que escojo estas estrofas:

Dame Señor tus llagas

tus clavos, tus espinas

el desprecio, el martirio

la cruz de tu pasión

pero al par que la muerte

dame Señor la vida

dame Señor tu palma

dame Señor tu amor.

De la Virgen de Flores fue un amante hijo, también le dedicó numerosas poesías,

¡No me abandones

Señora Madre mía!

¡Virgen de Flores!

A su pueblo lo definió magistralmente: los defectos y virtudes anidan aquí sin reojo ni incompatibilidades, con complacientes concesiones mutuas en una maravillosa y rara armonía. Una de sus soleares decía:

¡Ay castillo de mi pueblo!

Ayer ajetreo de vida

Hoy inmenso pudridero.

Mi contacto mas directo con él fue en 1969 cuando el Ayuntamiento nos envío durante un mes, semanalmente, a Televisión española en Prado del Rey junto con Agustín lomeña -entonces estudiante de periodismo- para ayudar a Salvador Gómez Morales en un concurso llamado «Los pueblos marchan”. Don Juan era un hombre nada pedante, nunca presumía de su saber, había que interrogarle para que te instruyera y ¡de que modo!. Recuerdo haberle preguntado sobre la conquista de Toledo y me disertó con tanta autoridad sobre el tema como si hubiera sido el Padre Mariana ó Modesto Lafuente. En otra ocasión le dije que me gustaban mucho las peteneras y hasta me canto la de la Niña de los Peines, era un flamencólogo de postin.

Nacido el 26 de abril de 1915 fue su óbito el 28 de enero de 1989. Dejó viuda a doña Sebastiana Rubiales Janeiro, tuvieron seis hijos, todos ellos universitarios. Álora se vistió de sincero luto pues no en vano ya había sido nombrado Hijo Predilecto y Cofrade de Honor de Jesús. Recibió desde sus primeros pasos literarios numerosos premios entre los que destacan “XXV años de Paz”, “Academia de infantería de Granada”, “Ejercito» y muchos más, todos de prestigio.

En una sentida oración fúnebre que le dedicó Francisco Lucas Carrasco Bootello, le decía que San Pedro lo había colocado en el primer banco como alumno aventajado acompañado de Cristóbal Pérez, El Perdío, Manolo Morales y Pérez el médico, pero a mi parecer falta el inspirador de la poesía “La Misa del Padre Miguelito”, el presbítero don Miguel Díaz Casermeiro, todos juntos estarán cantando a Nuestro Padre, no saetas, como en la Fuente Arriba, sino el trisagio por malagueñas, como está mandado, por algo están en la Gloria.

Regino Bootello Miralles

Revista Nazareno de las Torres, año 2009


Mal despertar tuve la mañana del 28 de enero; porque, aunque con el pie derecho, una siniestra llamada telefónica me rompió el corazón con el anuncio de fatal desenlace de la vida de mi Maestro, compañero y amigo D. Juan Calderón Rengel.

Mi Maestro ya que nos unieron diferentes motivos, desde el Amor a Alora hasta la pasión periodística, pasando por nuestra ideología, nuestro profundo catolicismo, nuestro cariño a Jesus de las Torres y la Virgen de Flores… Facetas sobre las que me enseñó mucho durante tantas conversaciones agradabilísimas que mantuvimos.

Mi compañero, en el Boletín Informativo de los jóvenes de «Jesús» y mi amigo del alma porque muestras de verdadera amistad demostramos desde que nos conocimos más profundamente aquella lluviosa tarde del 24 de noviembre del 85, cuando fui a pedirle la primera colaboración para la Revista de la Cofradía, que tanto admiraba y le gustaba.

Vaya faena la de D. Juan. Su última «Perotada», desde el cuadro de Jesús Nazareno que cuelga de la cabecera de mi cama, me llegan las noticias de su apoteósica entrada en los cielos y de la gloriosa recibida que le ha tributado el Padre Eterno.

Recuerdo un artículo del tercer volumen de su Obra «Alora, sus gentes y sus cosas» titulado «Que me entierren aquí», pienso que fue cumplido su deseo y el «Castillo Árabe de las Torres» lo acogió como corresponde a su alto grado de fidelidad a nuestra patria chica.

Parte de sus obras se van con él, pero a Dios gracias muchas de ellas las podemos admirar en sus tres libros y en los recortes añejos de Diarios como «Abc», «Sur», «Noticiero Universal», «Ideal Gallego»…

Quedan también con nosotros en la tierra el prestigio, buen hacer y generosidad de nuestro amigo ganado a pulso durante toda su vida compensados con innumerables premios

y homenajes como los «XXV Años De Paz», «Ejercito», «Hijo Predilecto de Alora», «Cofrade de Honor de La Hdad. de Jesus»… Aunque con seguridad estos premios se habrán quedado pequeños al compararlos con el recibido la mañana del 28 de enero en olor de multitudes, «Caballero de Honor de la Corte Celestial».

A la mañana siguiente, al cumplir mi último servicio hacia el maestro llevándole a la sepultura, mi alma estaba rota y mi corazón desecho, pero mi fuero interno sentir la inmensa alegría de haber dado con mi respeto y mi admiración, un empujoncito a las puertas del cielo para la triunfal entrada de este buen hombre.

Cuando la pasada Semana Santa pasaba «Ntro. Padre» por la calle La Parra nº 24, sus amigos le recordamos en el escalón de su domicilio, teniendo la plena seguridad de que este año tuvo la posición más privilegiada en el Reino de Dios.

Recuerdo con satisfacción, cuando un grupo de Hermanos visitábamos a D. Juan Calderón para nombrarle Cofrade de Honor, al llegar al cielo y presentar el humilde título, San Pedro lo asentó en esa clase especial presidida por Ntro. Padre de los cielos, sentándose en esa primera fila como «Alumno aventajado» al lado de sus amigos de otrora Cristobal Pérez, Manolo Morales, Pepe «el Perdio’, el Médico Pérez y un sin fin de Nazarenos Morados que le recibieron con el más entusiástico de los abrazos.

Lean a continuación el artículo «Que me entierren aquí» y recuerden a ese gran hombre.

D. Juan, los que aquí seguimos le seguiremos teniendo como Cofrade, Maestro y consejero, pero sobre todo como un gran amigo.

Francisco Lucas Carrasco Bootello

Revista Nazareno de las Torres, año 1989


Aquí, en la cumbre de esta redonda colina, parda y reseca, que se levanta en vertical desde el rio y se adorna de un viejo castillo en ruinas -venerable señor que otea sin cesar azules y ocres, verdores y blancuras, y lleva tanto tiempo contando y cantando horas y días, meses y años y siglos-, en cualquier rinconcillo de esta vetusta fortaleza árabe, que viene haciendo las veces de cementerio con bastante gracia y desenvoltura, desde el que se puede contemplar la vega del Guadalhorce, aquí, aquí quiero que me entierren. (Y que tarden muchos años). Así podré seguir bañándome en la anárquica belleza de estos paisajes, que con tanta constancia y generosidad han venido alentando el humilde quehacer de mi pobre pluma, y repasar uno y otro día, los queridos lugares tan pateados en mi vida: vega, lagares, río, carreteras, estación, vía férrea, partidos de Isla Hermosa, Barriada del Puente, Cortijo Coronado, Hacho…

De haberlo deseado, habría podido residir durante casi toda mi vida en la ciudad que hubiera elegido; pero nunca me ha resultado atrayente la idea. Siempre que he abordado el tema he pensado que este pueblo como lugar del desarrollo de mi andadura terrena y de mi definitivo anclaje. Endeblemente -digo yo- esperar la convocatoria para Josafat rodeado de armonías y belleza será siempre mejor que hacerlo envuelto monotonías.

Aquí quiero que me entierren. No deseo lujos ni ostentaciones. Solo lo que he dicho: una buena ubicación que rime con mi estilo y mi carácter. Cero que en muchos pueblos -y sobre todo en este- es posible todavía encontrar lugares que puedan cumplir con las mínimas exigencias apuntadas. Con el tiempo empezarán también las dificultades en este terreno.

Los cementerios de las grandes urbes -como sus bloques de viviendas resultan angustiosos, agobiantes. Yo me estremezco, cuando visito algunos de esos lugares, al contemplar los panales de abejas muertas que son esos millares de nichos todos iguales, sin gracia ni originalidad.

Además, en los cementerios pueblerinos tienes la ventaja de conocer a la gran mayoría de los que en ellos moran, y puedes, con unos y otros relacionar parentelas, intercambiar noticias, ideas y opiniones y distraerte con honestos pasatiempos, tan precisos para los que tienen por delante toda una eternidad. En fin, que es otra cosa, otra vida. No, por Dios, no nos llevemos a la tumba los mismos motivos y perjuicios, idénticas causas Y concausas, iguales módulos, contrastes y tablas de valores que nos hicieron infeliz e insoportable nuestra estancia aquí abajo.

Si quiero que me entierren en lo alto de esta colina -que empuja y se aúpa hacia el cielo como en afán de liberación y algo distante de la tierra, aunque sin dejar de conectar totalmente con ella.

He leído recientemente, no recuerdo dónde, algo parecido a esto: «No envidio la suerte de los pájaros, que pueden volar hacia donde quieren; añoro, sin embargo, el destino de los árboles, que donde nacen mueren». Pero si accidentalmente la Parca me sorprendiera lejos de mi tierra, entonces, copiando al cantante mejicano y haciendo mía su petición, «que digan que estoy dormido; y que me traigan aquí».

No es pasión de indígena ni expresión de un patriotismo rancio y casero, proclamar a la rosa de los vientos que este privilegiado rincón aloreño es un verdadero regalo para bien morir. Fundirte gozosamente, al regresar del paseo que es la vida, con la tierra de la que habías surgido, es más bien un misticismo «sui generis». La muerte es la medida y el compendio de la vida.

Mirar hacia arriba, hacia las estrellas y luceros, recrearse en hermoso ortos y ocasos, asimilar las caricias de las brisas mañaneras y vespertinas, escuchar el ruido de lluvias, tormentas y vendavales, percibir atentamente los gritos, sonidos y cantos de cuanto bulle en la Naturaleza, espiar la llegada, metamorfosis y transformación de los colores campesinos, aspirar los olores naturales, aprovechar el sol más conveniente, comprobar y vigilar los cambios de estaciones y otras muchas cosas más son ocupaciones propias de ese definitivo «status» de jubilado sin remedio que, más o menos tarde, ostentaremos todos y que podremos realizar en su momento. Y por supuesto, la elemental dedicación de agradecer, desde este elevado altar, al Autor de todas esas maravillas, los inescrutables misterios en que vivimos inmersos, porque misterios son, aunque a primera vista parezcan otra cosa, como podemos comprobar a poco que ahondemos desde sus exteriores engañosos, mediante la formulación de algunos simples «porqués», administrados con la piqueta de nuestro entendimiento y nuestra fe.

Revista Nazareno de las Torres, año 1989

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