Efemérides.- Procesión extraordinaria de María Santísima de las Ánimas y de Nuestro Padre Jesús Nazareno de las Torres

29/11/2019

Por una vez, las predicciones meteorológicas parecían cumplirse y el último fin de semana del mes de los Santos, no se resistía a las aguas que durante más de dos meses habían abandonado nuestro cielo; la clausura del más importante de los aniversarios de nuestra Hermandad iba a estar deslucida si Dios no lo remediaba.

El Viernes veintinueve, después de una madrugada donde los rayos, truenos y relámpagos dejaron dormir a muy pocos, hermanos de Jesús, amanecía nublado; al mediodía, la esperanza casi resurgía, pues algunos claros emprendían batalla contra oscuras nubes que en ningún momento abandonaban las cimas del Hacho. Nuestro Padre Jesús Nazareno como primera y milagrosa prueba de su omnipotencia hacía que algo más tarde de las nueve de la noche, miles de «perotes» se congregaran en la calle más Ancha del mundo y convirtieran la histórica bajada en un rotundo éxito, no en vano era imposible que el Padre celestial impidiera la brillantez de tan esperada clausura. Los portadores del Cristo de los Estudiantes, gozaron más que nadie al hacerse realidad el sueño de llevar sobre sus hombros al Nazareno; y el momento más intenso de la noche sirvió como muestra de agradecimiento; a pulso, recibían en la Plaza baja a la Madre más hermosa: María Santísima de las Ánimas.

Hubo quien creyó en la no presencia de la Brigada Paracaidista, sin duda, los que no tienen la sangre morada, nosotros, que con tanto esmero preparamos día a día el Jueves Santo, sentíamos en esos momentos la presencia de cientos de «Paracas» que durante treinta y cuatro bajadas, codo con codo y corazón con corazón, han hecho de nuestra institución un fructífero brote de unión entre el pueblo y sus fuerzas armadas teniendo como nexo nada más y nada menos que la representación de Dios en la tierra.

Las condiciones meteorológicas no cambiaban, y el sábado, día grande de nuestra clausura, no nos regaló ni un rayo de sol: el Hacho seguía siendo maltratado por negros nubarrones que insistían en aguarnos la fiesta, evidentemente el negro nunca fue nuestro color favorito.

Las siete de la tarde, era la hora prevista para el comienzo de la solemne función religiosa que presidida por nuestro paisano don Antonio Ruiz Pérez, fue concelebrada por el antiguo Párroco don Francisco Julio Ruiz Furest, actuando de acólitos los seminaristas Tomás Suárez Fernández y Leandro Carrasco Bootello, vocales de formación religiosa de la Junta de Gobierno; la parte musical corrió a cargo de la Banda de Música de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús, de Almogía, dirigida por Antonio Guillermo Mayorga.

En el ofertorio, tuvo lugar el Hermanamiento con la Hermandad Sacramental y Reales Cofradías Fusionadas, de Málaga, leyéndose las certificaciones por parte de los secretarios e intercambiándose cuadros y medallas, que fueron impuestas a los respectivos guiones.

Al mismo tiempo, nuestro Hermano Mayor imponía la medalla de la Cofradía a los guiones de todas las Hermandades de Álora, a la Cofradía de Jesús, de Almogía, y al banderín de los veteranos Paracaidistas de Málaga, que adornaban artísticamente el presbiterio.

Sin salir de nuestro asombro, al final de la misa, don Antonio Ruiz Pérez daba lectura al oficio por el que se nos concedía el título de Archicofradía.

Parecía imposible, pero había dejado de llover después de más de quince horas seguidas. La procesión iba a salir aunque la decisión tomada por los hermanos portadores de subir a la Fuente Arriba era suspendida inicialmente; majestuosamente, Nuestro Padre sale de la Parroquia entre los aplausos y vítores de la multitud, justo en la puerta de la antigua cárcel donde otrora se cantaban las más hermosas saetas, fue cuando la mirada al cielo de algún emocionado archicofrade hizo dar la orden al Hermano Mayor de cumplir lo previsto; los claros, que sólo veíamos nosotros mirando a los ojos del Divino Nazareno, evitaron la lluvia durante todo el recorrido triunfal.

El corazón de Álora no podía estar ajeno a este 350º Aniversario y un insólito cortejo encabezado por los veteranos paracaidistas y la Banda de Almogía y finalizado por la Virgen de las Ánimas y la Banda de Alhaurín el Grande, se abría paso sin encontrar obstáculo en los coches que iban siendo apartados por un grupo de forzudos archicofrades al pasar la imagen de Jesús.

Ante el gozo de muchos y tristeza de los menos, todo salía a la perfección, como nunca llueve a gusto de todos, hubo lenguas de doble filo qué blasfemando, calificaron nuestra conmemoración de carnaval, quizá demostrando la impotencia de no tener más recursos que necias e inmorales palabras, autocalificándose de cristianos de poca monta, es lastimoso que por ciertas personas puedan llegar a perder la categoría conseguida a lo largo de siglos algunas instituciones religiosas.

Por primera vez en la historia «El Señor de las Torres» volvía a su capilla de noche; los que tuvimos el honor de presenciarlo sentimos como nuestras almas se conmovían viendo venir al glorioso Hijo y a su Santísima Madre, acompañado por miles de «perotes» que hacía del episodio algo imborrable de nuestras retinas.

Especialmente reseñable fue cuando, en la última cuesta, la niebla acumulada en las laderas del monte de las Torres empezó a subir cubriéndonos a todos excepto a las imágenes de Jesús y de María, las cuales, resplandeciendo más que nunca se habrían paso en un cielo que por unos momentos había pasado a ser blanco; lágrimas de silencio en los que andando hacia atrás nos sentíamos más orgullosos que nunca de ser de Jesús»; en lo alto, recuerdo a los difuntos, y justo después de encerrar los tronos, la lluvia se volvía a adueñar del cielo, era la mano de Dios representada casi perfectamente por Jesús de las Torres que nos hacía dar gracias al Padre Eterno y seguir cargando nuestras baterías del nuevo caminar archicofrade, viendo como nuestros Titulares, sin dejar de ser sagradas imágenes de madera, enlazan con una singular majestuosidad lo humano y lo divino.

 

Revista Nazareno de las Torres, año 1992.

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