La despedía

 

La despedía, única en el mundo, representa no sólo el encuentro entre JESÚS Y DOLORES, es el punto de partida de las dos cofradías más importantes de la ciudad, para un nuevo año de actividades, preocupaciones y sinsabores que nos volverán a traer cada Viernes Santo a la Plaza Baja, donde Madre e Hijo, frente a frente congregan a perotes que no volverán hasta el año siguiente.

Las sagradas imágenes representan a todo un pueblo, el ritual es como el encuentro entre dos hermanos, que representados por sus respectivas imágenes, se dan un entrañable abrazo entre los mismos, bañados por lágrimas de emoción y de silencio.

Antigua fotografia de “La Despedia”

 

LA DESPEDÍA“, nace con el culto externo de las cofradías en la segunda mitad del pasado siglo, posiblemente fuera la recuperación de algún ritual de los antiguas autos sacramentales de la Pasión en las que el sacerdote y hermano mayor de JESÚS Don Lope Casermeiro García, tuvo bastante que ver ya que fue, según nos cuenta la tradición oral uno de sus más fervientes impulsores.

La esencia de la “Despedía” es prácticamente la misma desde sus comienzos, un solo hombre por varal y la correspondiente genuflexión de los de la parte delantera, a la señal del mayordomo de turno, que cada año es de una de las dos cofradías; hemos de señalar igualmente que mientras los tronos fueron menos pesados, en cada genuflexión se rezaba un Padrenuestro, mientras la multitud expectante esperaba en silencio.

LA DESPEDÍA” se hace en el impresionante marco de la Plaza Baja, la más antigua y amplia de la localidad, que desde el 20 de Enero de 1994 por iniciativa de la Cofradía de Dolores se llama “Plaza Baja de la Despedía”.

La tradición de las tres genuflexiones y los correspondientes Padrenuestros, la continúan los hermanos del Nazareno antes del encierro de la imagen cuando, después de LA DESPEDÍA, llega a Las Torres.

Mil y una definiciones podemos encontrar a lo largo de toda la literatura cofrade que llega a nuestras manos: la plasticidad y belleza de las mismas me llevan a reproducir algunas de ellas que servirán de ilustre complemento a los profanos en la materia.

En primer lugar me encuentro con mi maestro de primaria y antiguo Hermano Mayor de Dolores don José María Oropesa, que nos dice: “…En medio de religioso silencio, se colocan frente a frente, a pocos metros de distancia. A la señal convenida del hermano mayor se acercan las sagradas imágenes una hacia la otra, con movimientos rítmicos y acompasados, llenos de majestuosidad. Los nazarenos que van en cabeza llevando los tronos, caen al mismo tiempo posternados de rodillas, mientras los corazones oran y los labios musitan…”

De los escritos de don José González Guerrero, insigne alcalde y hermano mayor del Nazareno, que se prodigó como articulista, nos dice de las genuflexiones: “…Los rodillazos se producen de forma matemática, ¡Qué minutos más intensos hemos vivido¡ En estos momentos en que no se piensa, solo se siente, es cuando el pueblo ha estado más cerca de Dios…¡

La cercanía a Dios es lo que borra cualquier brote de irreverencia que pudiera mal interpretar algún despistado, que sin llegar a conocernos de verdad se atreva a opinar de la máxima expresión de nuestra religiosidad popular.

Al hablar de “DESPEDÍA” no podemos obviar el tema de la rivalidad, que si los menos no entienden, los más pensamos que es sana y necesaria. Nuestras maneras cofrades no son competitivas como alguien mal intencionado pudiera pensar; nuestras formas son simplemente el engrandecimiento de nuestras corporaciones, que de ninguna manera puede confundirse con otros pueblos cercanos que a su respetabilísima forma también expresan su religiosidad popular.

La “DESPEDÍA” no va a estar completa sin el abrazo final entre nazarenos “Negros” y “Morados” que en definitiva no hacen más que un acto de fe, una demostración de amor, y para los que a estas alturas pudieran tener alguna duda recuerden el pregón de nuestro querido paisano y periodista Don Agustín Lomeña Cantos: “…Y asistimos a LA DESPEDÍA arrodillándonos todos. Sí, ya sé que se arrodillan y se levantan, una y otra vez. Pero es que todos nos arrodillamos y levantamos con ellos. Ahí al lado, en la plaza de Abajo, no cabe un alma y jamas tantas almas han latido al mismo tiempo. Es otra vez el amor y el dolor. Los portadores de los Tronos parece que con su dolor quisieran aliviar al de Jesús y al de su Madre. No es la fuerza física la que les hace levantar los tronos, es la fuerza del amor…”

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